sábado, 1 de marzo de 2025

Rutina

Ya no es febrero, vale. Pero… ¿a quién le importa eso?

Conseguí liquidarlo antes de pasar la segunda hoja del calendario en mi particular acotación, a partir de una revisión que llevaba demasiado tiempo ahí, acumulando inviernos y con esa permanente amenaza de engordar el catálogo de cuentas pendientes. Pero mejor vivir con las menos posibles.  Más aún si eres de letras, o lo sientes así al menos. 

Una década después de que esto se grabara, y me refiero por supuesto solo a lo que suena, es más difícil encontrarse con el temporal otrora clásico de una tarde de febrero que con un almendro en plena floración. Negar la evidencia de que la primavera va ganando el pulso a los inviernos sería absurdo a estas alturas. Solo hay que acercarse a La Albuera en una tarde de domingo para comprobarlo. Pero tampoco se trata de mirar más por el retrovisor que hacerlo hacia delante, por supuesto. Aún así, como un pequeño ejercicio de encontrar cierta justicia poética, es posible que llegara hasta aquí. 

Rutina creo que es la única de aquella “Corazonada” que jamás llegué a tocar en directo. Y por alguna extraña razón, en las revisiones de mezclas y con el trabajo ya en los reproductores de turno, cuando escuchaba tenía la sensación de que el disco me empezaba ahí, con ella. Tras ese pódium inicial, la que daba título al trabajo, la que yo más disfrutaba tocando en aquel momento, y esa otra que todos veían como “single potencial” y que fue la única en sacar la cabeza por las ondas en los escasos programas donde pudo sonar, llegaba Rutina, y por un momento, sentía que todo se colocaba o volvía a empezar. Reflexionando sobre eso tiempo después, siento que tal vez el motivo es que tenga más que ver con lo que está por venir que con otras muchas de las sonoridades propuestas. Así que tampoco puedo evitar pensar que, si esto le parecía accesorio al oyente dentro de esa colección o simplemente saltaba al aparecer el corte cuatro, no lo pasará demasiado bien con lo que puede llegar a sonar a corto o medio plazo.

Pero sin ánimo de dar pistas o desviarnos del verdadero motivo, ese eje principal que también tiene que ver con el enclave, grabar unos planos y alguna secuencia en esa estación tal y como aún respira, casi siempre estuvo ahí. Decidí saltarme el protocolo de los obligados permisos ante amenazas de desalojo por el simple hecho de desenfundar la guitarra sobre uno de esos mercancías grafiteados, lo que por otra parte me llevó a plantearlo casi de un modo clandestino. Pero tal vez se convirtió ya en una prioridad con la amenaza real que llegó desde diferentes proyectos o planes para revitalizar esos terrenos y que algunas formaciones políticas llevaron en sus programas de turno de cara a los últimos comicios, aunque sobrevolara en el horizonte con más sombras que luces. 

Yo no he podido llegar a recoger la cantina, o el quiosco que estaba en el andén principal y se podía apreciar en aquel maravilloso capítulo de “Anillos de oro”, pero es que apenas queda de eso ya. Y por más que sus mejores tiempos pasaran hace mucho, o sea presa de una decadencia indisimulable, no lo podía seguir estirando. Lo expliqué mucho más breve hace años en ese espacio que publicaba El norte de Castilla, llamado “El rincón de…” cuando me dieron la oportunidad de elegir parada, así que estaba escrito. Algún día ese espacio no estará o será otro que poco tenga que ver, de la misma forma que casi son historia los quioscos de prensa en la ciudad, aunque espero equivocarme con eso.

En realidad, cuando uno por momentos se pregunta para qué hace estas cosas, la respuesta que se viene casi siempre es la misma. Dejando a un lado querencias o entrar en más detalles, simplemente tal vez, para siempre.

 

 



domingo, 31 de diciembre de 2023

La música nunca llega tarde

 

Mis mejores deseos casi siempre reverberan alrededor de la música.

Se va otro año en el que dentro de mi particular orden de prioridades estaba grabar algunas canciones con la intención de que más allá de la escucha compartida, se pudieran llegar a tocar, oler o mirar también…  Eso que casi nadie hace ya, o que apenas se lleva. Y tiene uno la sensación por momentos, aunque vuelva a referirme al año que aún nos ocupa, que se va demasiado rápido para casi todo eso que tenía por medio. Para llegar “a tiempo”.

El otoño, tantas veces oasis, tampoco fue esta vez lo mismo y ni siquiera sirvió para enderezar el rumbo o recuperar la energía perdida con el final del verano. Y eso que ha llovido lo suyo. Pero bueno, cada uno lo contará según le venga y estoy seguro que los habrá mirando al reloj para descontar los minutos que den esquinazo a este impar, como si cruzando esa meta todo fuera a ser distinto. Los que medimos el año con el comienzo de curso, con septiembre y todo lo que prende alrededor, lo sentimos de otra forma probablemente.

Pero sí, es el último viernes del año, y muchos pensarán que vamos un poco tarde, aunque esto tampoco tiene demasiado que ver con los bombardeos de canciones en modo felicitación navideña que inundaron los terminales por redes y demás en estos días. Se trata de hacer música para mantener el pulso entre la ilusión y la enésima pérdida de la inocencia, por ejemplo. Por tener la mejor excusa, aunque sea casi por encargo, que te obligue en definitiva a no poner nada por delante. Por compartirla además con "la mejor versión" que conoces de ti mismo. 

Hacer música con tu chaval es jugar con ella, al menos de momento. Ocupar el espacio que van perdiendo los juguetes y sembrar para que no ganen siempre las pantallas. Ese "play the piano", expresión utilizada en la mayoría de lenguas occidentales con términos diversos que intentas llevar lo más lejos posible, aunque sea por carreteras secundarias.

No conocía esta canción hace un par de semanas, pero decidirse por ella tampoco ha sido lo que más ha costado. Hay tantas que nos hubiera gustado firmar... Los americanos del norte son reyes en estas lides pero no he conocido a un canadiense malo. Aún así, la cosecha propia que se acumula y no tiene tanto que ver es prioridad siempre, aunque te espera con otra mirada. No es fácil de entender para algunos, pero da igual.

Hay canciones arrinconadas que suenan a esa pregunta que no se hizo a tiempo. Al paso del mismo asumiendo los peajes. Al efecto desequilibrante que introduce la distancia. A las conversaciones que nunca se dieron sobre el tablero. A la nostalgia sin perderse demasiado en el pasado porque entre otras cosas la búsqueda, en su sentido más amplio, tampoco lo permite. A momentos que si dejas pasar tal vez no vuelven, o solo pueden hacerlo en forma de canción, atemporal por suerte en cualquier caso.

En fin, que podría seguir y afinar algo esa mezcla, tratar de estabilizar alguna que otra imagen, o añadir por aquí otro párrafo… Pero todo sería igual de imperfecto. Y es lo de menos, o lo bonito tal vez.

Solo la música que no te toca de una u otra forma, llega tarde o pasa de largo.

Así que, con los mejores deseos o esos míos por delante al menos,

Salud y canciones.




jueves, 15 de junio de 2023

Second half

 

Fin de temporada, por fin…  

La sensación es que llega uno pidiendo la hora, como ese equipo que gana por la mínima y le añaden algo más de cinco minutos en el descuento. Y eso sin contratiempos y buen sabor general, que no ha lugar a entrar en pormenores.

Así que seamos objetivos y que se aleje esto de cualquier cosa que parezca una queja, ya que es posible que en menos de un mes lo estemos echando en falta. Al menos los chicos, que las adicciones no saben de edades, o cada vez menos.

Porque lo de los padres ya es otra cosa, claro. En realidad, esto va dedicado a aquellos (puede que los menos tal vez) que sufren tanto o más casi de lo que disfrutan viendo a sus hijos sobre la cancha. Esos muchos, que no tienen un “jugón” en casa y se esfuerzan por intentar ayudar a que su hijo mejore en lo posible, pero sobre todo, a que disfrute del camino y no se sienta inferior a nadie.

A estas alturas aún tempranas para algunos, “el trabajo” por mucho que diga el Cholo no suele pagar, o al menos no da para más que cromos y una pizza en el Domino´s de vez en cuando como refuerzo, por más que la ilusión vuelva a intentar hacer un dribling a la realidad en la siguiente jornada.

Competir significa exponerse, desde luego, algo parecido a lo que supone publicar, tal vez.

Pero hay un rollo demasiado cainita en muchas ocasiones con esto de los niños y el balón, y no deja de ser un caldo de cultivo de patio de colegio que subyace al margen de los clubes y ciertos valores que algunos se esfuerzan por inculcar o abanderar incluso.

 

Este pasaje en realidad solo es reflejo de un momento desequilibrante entre dos semanas en las que la lluvia tomó parte del juego también, y ayudó en cierta forma a remover y arrastrar sensaciones que van más allá de lo que propone cualquiera con un balón sobre el terreno.

De repente miras al calendario y te das cuenta de que se ha escapado medio año, y que tus propósitos más sinceros se difuminan a la vez que resisten mediada ya esa parte de la vida en la que la energía empieza a brillar en ocasiones por su ausencia.

Recoger esto así, de una manera tan arcaica e inesperada, tan urgente e imperfecta, tiene que ver con revelarse ante todo eso de alguna manera.

Si no puedo dar forma a otra colección de canciones ni soy capaz de decidir por dónde o con quién tirar con ellas, pues me quedo con este esbozo que no tiene mucho que ver con nada de lo acumulado y al menos preservo su frescura, como la que deja esa lluvia por las aceras o el campo tan a falta.

Mantengo que, en lo posible, las canciones habría que intentar recogerlas así, como el sonido del trueno tras el relámpago, sin revolver demasiado en la búsqueda de cierta excelencia.

Algo así como esa afirmación de que lo mejor casi siempre es enemigo de lo bueno.

Pero a pesar de todo, algunos tenemos que apuntar ahí para simplemente dejar algo aseado.

 

Podría haberlo estirado algo más, al igual que este texto, pero ya es suficiente.

Para qué hacerlo si probablemente la mayoría no habrá pasado del primer párrafo o llegado a él…

“Second half” no propone prórroga y menos aún penaltis porque en apenas dos minutos uno tiene la sensación de haber puesto sobre el terreno todo lo que tenía que contar.

Podría haberlo estirado fácilmente, con una parte melódica alternativa tal vez que me llevara de nuevo a repetir el último verso, pero mejor que te digan “se me hace corto” o “más bien parece la primera parte de algo que está por venir...” por ejemplo. 

Aunque tampoco pasa nada si no te dicen. No es el fin. Cuando uno le pega con intención, con alma y vida aunque sea desde casi el centro del campo, busca más que el gol casi evitar la indiferencia, aunque sea en un partido de "Hijos vs Padres".

Por otro lado, a veces, por extraño que parezca para algunos, la lengua madre no es la ideal para sacar a pasear determinadas sensaciones o sentimientos con forma de canción.

A pesar del esfuerzo por recuperar cierto pulso con el inglés, se dio natural. Un vistazo casi de reojo al retrovisor me llevó veinte años atrás, cuando escribía canciones para una chica británica llamada Caroline que cantaba mejor que yo de largo. Pero bueno, esa es otra historia.

Sin ningún género de dudas, lo mejor de todo esto es que ha vuelto a llover, por más que el domingo Himar González vestida de rosa estival anunciara de forma acertada el final del oasis para mitad de la semana.

El verano es una amenaza real más allá de las urnas, sí, y está a la vuelta de la esquina.

Que lo disfruten, y si tienen que elegir, pierdan esos dos minutos con lo que suena al menos. Más que nada por si lo que se ve les hace coger distancia casi de inmediato. 




viernes, 10 de febrero de 2023

El último vuelo del ¨Pichón¨

 

Se ha ido mi primer jugador favorito de fútbol. 

No me gusta demasiado la palabra ídolo, ni a esas alturas creo que se contemple a nadie de tal forma. Se ha marchado aquel que consiguió mi atención y que empezara a fijarme y amar de verdad ese juego, siendo aún muy niño. Es cierto que luego llegaron otros, que tal vez incluso disfruté por más tiempo o con más intensidad. Pero él fue el primero, y al César…

Corrían los primeros ochenta. Era otro fútbol, otro país, parece que casi otra vida. Y entre esos primigenios recuerdos o más bien imágenes asociadas a una voz que sin saber la razón sobreviven en tu particular disco duro emocional, me viene tantas veces la de Pepe Higuera (el hombre que me hizo del Atléti) una tarde en el salón de casa de mis padres escribiéndome en una hoja en blanco de su agenda la alineación del equipo con un vaso al lado de algo que supongo sería un DYC on the rocks, haciendo una pausa final para decirme “y con el once el tuyo, Marcos”.

No sé si se correspondía con la alineación de un partido en concreto, porque es cierto que yo recuerdo a Marcos casi siempre con el siete, como en aquella imagen inmortalizada por Garci en El Molinón para su oscarizada ´Volver a empezar´ en la que se le ve saltando al campo en primer término. Los dorsales por esa época no eran fijos, y el whisky tal vez no el primero de la tarde en descargo del bueno de Pepe, que en gloria esté también.

Tal vez fue su forma de correr la banda, de buscar al compañero mejor situado, de finalizar con ambas piernas o suspenderse en el aire en los remates con esa poblada cabellera al viento. Supongo que la mezcla de todo aquello. Pero mi primer disgusto en lo futbolístico también llegó con su marcha, obligada según dicen por los números rojos más que blancos del club en esa etapa. Aunque muy pronto, me devolvió ese sinsabor en forma de emoción antes no vivida. Siempre mantuve que el primer título que yo celebré no fue de mi equipo, eso tendría que esperar un par de temporadas más aún, sino del Barcelona, de Marcos, aunque por esa época todos decían o se le conocía más bien por el de Maradona.

Asomaba el verano del 83 y ya en el pueblo, los chicos nos juntamos alrededor del patio de una casa donde habían sacado una tele portátil. Los Matamala, familia que por número monopolizaba la actividad y pulso del pueblo, eran mayoritariamente madridistas, al menos los de esa vivienda en concreto. Cuando en el ultimo minuto del partido Julio Alberto hace ese quiebro mágico antes del centro al área, nadie pensaba ya en evitar ir a llenar otro par de porrones para la prórroga.

 El vuelo de Marcos para conectar ese cabezazo y cambiar por completo la trayectoria del balón hacia la red de Miguel Ángel fue como un despertar donde el pellizco se antojaba necesario para cerciorarse de que no estabas soñando, de que lo que estabas viendo era cierto. Un destello de luz más allá de los flashes de los reporteros gráficos, algo de color en medio del blanco y negro que ofrecía esa pequeña ´tele´ gris portátil o simplemente, poesía.  

No había visto algo semejante, de tal plasticidad o estética sobre un terreno de juego. Solo acerté a gritar el gol con alma y vida, correr hacia mi Bicicross amontonada entre las demás bicicletas a la entrada y pedalear con todas mis fuerzas hasta casa sin pensar si habría herido sensibilidades o provocado algo que me pasara factura al día siguiente. Desde luego no esperé a ver ni una sola repetición de la jugada, ya habría tiempo. Al llegar a casa tampoco recuerdo si la televisión estaba encendida o aún se recreaban con ello. Pero era verdad, era inolvidable ya, aunque yo aún no lo sabía. Como una de esas canciones firmada a medias que te enganchan por la melodía pero no sería perfecta sin una buena letra. Siempre fui de canciones más que de grupos, pero la sociedad de Julio y Marcos venía de lejos, del Paseo de los Melancólicos.

Años después cuando volvió a orillas del Manzanares ya no estaba igual. La rodilla tampoco le dejó protagonizar su particular ´Volver a empezar´ pero… ¿Qué había sido de ese flequillo comiéndole los ojos? Creo que fue el mismo verano en el que llegó Futre. El portugués tomaría su relevo y rápidamente empezó a eclipsar a casi todos... 

Sus mejores años de fútbol habían quedado a ese lado de la Diagonal y vestido de azulgrana. Allí sí, con el once casi siempre a la espalda, como la noche de aquel eterno vuelo.

Sigue haciéndolo ´Pichón´, allá donde vayas.

 

 




 

viernes, 28 de enero de 2022

Creación

Encontré esto hace unas semanas mientras buscaba otra cosa en mitad del desorden, y tras un par de escuchas, pensé que no estaba tan mal como para seguir en ese limbo donde probablemente ya se había acostumbrado a habitar.

Lo grabamos hace un par de inviernos. Parece otra vida casi cuando citamos cualquier tiempo previo a estos nuevos que nos han tocado vivir. Y lo hice desde el estímulo y el reto a la vez que suponía trabajar a la inversa de lo que acostumbro en mi habitual proceso, es decir, partiendo de la letra antes que de la música, y sobre todo, de la letra ajena.


El poema de José Antonio, ganador por otra parte de la convocatoria que para tal fin se hizo en el Campus María Zambrano, me lo puso más fácil llevándome de la mano desde la primera lectura.

Después otras manos amigas hicieron el resto, y aunque la idea de acompañarlo con imágenes estaba ahí casi desde el principio, no ha sido hasta este momento y casi por casualidad que me he decidido a enmarcarlo de esta forma sin la eterna dependencia de terceros.

 

Uno que se mueve más cómodo por lo general entre la escala de grises, esperaba un día que al menos prometiera nubes de evolución para darle salida y encontrar finalmente acomodo entre el refugio de alguna precipitación a última hora de la tarde, aunque la lluvia de momento parece que tendrá que esperar.

Pero por fin es viernes, y la cuesta de enero llega a su fin, y... Mejor no hacer esperar a la música con su letra y todo lo demás no sea que nos deje plantados. Así que pasemos de buscar justificaciones y sobre todo no nos enrollemos, que se hace tarde.

 

 


domingo, 13 de junio de 2021

Alfredo Matesanz, la voz eterna.

Se podría decir que yo ese día tenía un problema, aunque si recuerdo bien no era el único asociado a la cita. En realidad, de alguna extraña manera, la música siempre me los ha traído pero eso es otra historia.

La primera vez que me encontré con él, así de frente y en persona me refiero, fue en el hall de los viejos estudios de Radio Segovia. Yo había subido a primera hora de la mañana hasta la emisora, ya que por la tarde tenía un concierto encuadrado entre las diversas actividades de las fiestas de la ciudad y lo habían sacado mal en el programa impreso que se hacía llegar a todos los domicilios. 

Así que con la única intención de que en el “Hoy por hoy” local no lo dieran de forma errónea al hacer repaso de las citas de la jornada, me planté allí para ver si cuando entrara “la agenda” al menos llegaba correcto el mensaje a los oyentes. Eran tiempos en los que ya convivían otras emisoras, pero si tenías que pensar en elegir dónde intentar resolver algo así para que el altavoz de las ondas lo diera la mayor difusión y credibilidad posible, no había dudas.

“¿Qué necesitas chaval?”

Me sorprendió la propia presencia de Alfredo al ser él quien fuera a atenderme, pero una vez explicada y expuesta mi petición, mucho más si cabe su inmediata reacción. Yo le había comentado eso, que simplemente era por si lo podían dar bien cuando leyeran la agenda del día, y entonces sin pensarlo dos veces me dijo algo así como “oye, si tienes cinco minutos pasas y te lo grabo para sacarlo después, que va a quedar mucho mejor”.                                                  

Por supuesto que accedí tan sorprendido como agradecido. Era la primera ocasión en la que tenía oportunidad de ver esos estudios desde dentro. Los mismos que había imaginado tantas veces por fuera al acumular escuchas y voces “amigas” que se hicieron familiares casi sin querer desde aquel radio cassette que reinó sobre la mesa de la cocina en la casa de mis padres durante años.

Las voces de actriz aunque fueran lejanas de Consuelo y Josefina, ese programa de las tardes que escuchaba tras la merienda con la firma de Jaime Pintor Santamaría y Ana Pastor, los deportes vividos de cerca con Antonio García Rivilla, y por supuesto Alfredo, siempre la voz de Alfredo acercando historias de pura radio local, de la vida misma.

Por suerte puedo presumir de haber pasado mucho más tiempo pegado a un transistor que delante de la pantalla, y no cuento las horas que en el fin de semana me daba ese “Carrusel” cuando aún el gran Joaquín Prat se encargaba de poner el aroma con esas cuñas que olían a fútbol de antaño… “Brandy SOBERANO, Boquillas TARGARD!! Entre el descanso en el Tartiere, un penalty en el Calderón, o por supuesto, otro gol en Las Gaunas… 

Me contó Alfredo, tal vez ante la curiosidad que indisimulable mostraban mis ojos, lo que se escondía tras esas repletas estanterías llenas de vinilos. Sus comienzos en la emisora y esa particular relación con la música que duró más de una década, antes incluso de que existieran los formatos de radiofórmulas. Charlamos un buen rato antes de que me invitara a sentarme delante de ese micrófono, junto al de la capucha amarilla, tal vez porque se dio cuenta de que toda primera vez es mejor que se acompañe de unos preliminares en condiciones. Y eso por más que yo no fuera “nadie” o al menos no me hubiera ganado lugar alguno dentro del panorama musical.

Llegarían con el tiempo otro par de ocasiones en las que pudimos conversar ante los micrófonos por diferentes motivos, pero no puedo dejar de quedarme con esta primera, evidentemente, aunque se trate de la más breve y sencilla en fondo y formas. Lo que me transmitió creo que es una buena muestra de quién y cómo era Alfredo, de su forma de ser y estar en el mundo.

Después de lo mucho y bueno que se ha escrito tras su pérdida, creo que me quedaría con ese artículo que salió en el diario El País y titulaba algo así como “Se va Alfredo Matesanz, el periodista radiofónico que resolvía problemas”.

Al salir de la emisora, una sensación de tranquilidad y confianza, de problema resuelto me invadía. Sobre todo porque estaba claro que aquellos que hubieran sintonizado el programa ya no tendrían dudas, y ese mensaje sobrevolaba por encima de cualquier línea errónea en los programas. Palabra de Dios. 

Bajando por la calle de San Juan ya, con una media sonrisa, pensé que por más que yo fuera de Dylan y compañía, tal vez más pronto que tarde le debía una escucha reposada a Sinatra antes de seguir intentando hacer camino… O unas cuantas.


Hasta siempre, Alfredo.







 



sábado, 20 de marzo de 2021

La emoción en sus manos

 

Decía el maestro Antón García Abril que “la ilusión de un compositor, y si no es así es que no es compositor, es que su música se interprete y se comunique a sus semejantes, que perdure en el tiempo”. Bien, no será por ese humilde guiño de madrugada entre unas teclas sobre las que me cuesta un triunfo deslizar los dedos, pero es que entre las mismas ya lo intentaba yo cuando esas manos se correspondían con su tamaño, y no he podido evitarlo.

Contaba muy atinado Carlos del Amor en el cierre del Telediario la otra noche dando ya una última vuelta de tuerca sobre la noticia de su pérdida, que era escuchar la sintonía de Anillos de oro en la cocina y salías pitando hacia el salón…

Bueno, pues uno, que es de esos que también va teniendo una edad, a la tercera semana ya no le pillaba en la cocina, sino arrodillado sobre esa alfombra verde ochentera por la que rodaron tantos coches mientras esperaba que esos anillos empezaran a caer por la pantalla de aquella GRUNDIG Super Color, aunque por supuesto, con el único fin de escuchar otra vez esa melodía para intentar perseguirla después a través de ese nuevo “juguete” en el que se había convertido mi querido ´Casiotone´.

Y así, como un juego, mientras se sucedían las series o películas por las que diseminaba su particular impronta a través mayormente del filtro que suponían las 625 líneas, ese hombre fue dibujando un mapa sonoro sin apenas darme cuenta con el que pude volver mucho tiempo después para encontrar algunos tesoros del todo emocionantes o simplemente, entender el porqué de ciertas cosas…

Y todo eso sin la necesidad aparente de llenar estantes con volúmenes que agruparan sus obras, o encontrarlo en listas y publicaciones de esas en las que uno irremediablemente empezaba a buscar cierta identidad entre el consumo de sus favoritos.

Para terminar, y por supuesto sin ningún ánimo de especializarme en obituarios, si en verdad la música es el arte que representa el alma y la emoción esa huella que nos gustaría dejar, creo que el “maestro” se ha podido ir realmente satisfecho y en paz.