Ya no es febrero, vale. Pero… ¿a
quién le importa eso?
Conseguí liquidarlo antes de pasar la segunda hoja del calendario en mi particular acotación, a partir de una revisión que llevaba demasiado tiempo ahí, acumulando inviernos y con esa permanente amenaza de engordar el catálogo de cuentas pendientes. Pero mejor vivir con las menos posibles. Más aún si eres de letras, o lo sientes así al menos.
Una década después de que esto se grabara, y me refiero por supuesto solo a lo que suena, es más difícil encontrarse con el temporal otrora clásico de una tarde de febrero que con un almendro en plena floración. Negar la evidencia de que la primavera va ganando el pulso a los inviernos sería absurdo a estas alturas. Solo hay que acercarse a La Albuera en una tarde de domingo para comprobarlo. Pero tampoco se trata de mirar más por el retrovisor que hacerlo hacia delante, por supuesto. Aún así, como un pequeño ejercicio de encontrar cierta justicia poética, es posible que llegara hasta aquí.
Rutina creo que es la única de aquella “Corazonada” que jamás llegué a tocar en directo. Y por alguna extraña razón, en las revisiones de mezclas y con el trabajo ya en los reproductores de turno, cuando escuchaba tenía la sensación de que el disco me empezaba ahí, con ella. Tras ese pódium inicial, la que daba título al trabajo, la que yo más disfrutaba tocando en aquel momento, y esa otra que todos veían como “single potencial” y que fue la única en sacar la cabeza por las ondas en los escasos programas donde pudo sonar, llegaba Rutina, y por un momento, sentía que todo se colocaba o volvía a empezar. Reflexionando sobre eso tiempo después, siento que tal vez el motivo es que tenga más que ver con lo que está por venir que con otras muchas de las sonoridades propuestas. Así que tampoco puedo evitar pensar que, si esto le parecía accesorio al oyente dentro de esa colección o simplemente saltaba al aparecer el corte cuatro, no lo pasará demasiado bien con lo que puede llegar a sonar a corto o medio plazo.
Pero sin ánimo de dar pistas o desviarnos del verdadero motivo, ese eje principal que también tiene que ver con el enclave, grabar unos planos y alguna secuencia en esa estación tal y como aún respira, casi siempre estuvo ahí. Decidí saltarme el protocolo de los obligados permisos ante amenazas de desalojo por el simple hecho de desenfundar la guitarra sobre uno de esos mercancías grafiteados, lo que por otra parte me llevó a plantearlo casi de un modo clandestino. Pero tal vez se convirtió ya en una prioridad con la amenaza real que llegó desde diferentes proyectos o planes para revitalizar esos terrenos y que algunas formaciones políticas llevaron en sus programas de turno de cara a los últimos comicios, aunque sobrevolara en el horizonte con más sombras que luces.
Yo no he podido llegar a recoger la cantina, o el quiosco que estaba en el andén principal y se podía apreciar en aquel maravilloso capítulo de “Anillos de oro”, pero es que apenas queda de eso ya. Y por más que sus mejores tiempos pasaran hace mucho, o sea presa de una decadencia indisimulable, no lo podía seguir estirando. Lo expliqué mucho más breve hace años en ese espacio que publicaba El norte de Castilla, llamado “El rincón de…” cuando me dieron la oportunidad de elegir parada, así que estaba escrito. Algún día ese espacio no estará o será otro que poco tenga que ver, de la misma forma que casi son historia los quioscos de prensa en la ciudad, aunque espero equivocarme con eso.
En realidad, cuando uno por momentos se pregunta para qué hace estas cosas, la respuesta que se viene casi siempre es la misma. Dejando a un lado querencias o entrar en más detalles, simplemente tal vez, para siempre.